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Bitácora de una derrota en potencia #3

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La navaja. El corte y la línea roja. La sangre. La gotita que se estampa en el piso. La ansiedad que disminuye. El dolor no es suficiente. Pienso, sólo quiero dejar de pensar un momento. La navaja. El ardor. Otro corte y otro y otro. Las líneas que se unen. Las gotitas que implosionan. Las manchas en el piso. Me siento mal. Prometí no volver a hacerlo. El algodón. El agua oxigenada. Presión sobre la herida. Más sangre. Me gusta embarrar todo de sangre. Mi brazo se pega a mi pecho. Estoy herida. Lavar la herida. La venda. El sueño. La ansiedad. El dolor. El ardor. La culpa. El sueño siempre es reparador. No para mí que no duermo. No sueño. Todo es un abismo negro para olvidar. Me recuerdo de niña trepando los árboles. Sonreía. Otra cicatriz. Otra promesa que será la última. Yo que prometo tanto. Yo que no suelo cumplir lo que prometo.

Anécdota de otro fracaso

Me tomo el tiempo de escribir esto para purgarme de ti. Eso de morir de amor ya me resulta ridículo y hablar de dolor estoy más que cansada. Quererte fue un instante de alegría, ya no tengo 20 años para no entenderlo. Conozco mejor que tú el fondo del vaso y los bares de paso. Conozco bien las alegrías de una noche y el “te quiero” que se escapa por error. Pero besarte… besarte fue engañarme, bajar la guardia y olvidarme del porqué permanezco sola. Besarte fue sonreír de nuevo frente a unos ojos que me miraron sin odio. Besarte fue el acto más egoísta que he hecho y del que no me arrepiento. Besarte, mi amor, fue permitirme olvidarme de mis demonios que me atormentan en cada trago. Pero la cruda siempre llega y con ella el dolor de cabeza y el arrepentimiento. Con ella viene el juicio que se perdió por alegría de la noche fugaz, el antro y las personas que no volveremos a ver pero que fueron buenos camaradas nocturnos. No sólo tú despertaste con resaca. Mis barreras se levanta...

Lo que queda de hoy

Sé que esta es mi batalla y las victorias son sólo cuentos para dormir. Solíamos creernos héroes capaces de cambiar el mundo con nuestra manera de pensar. Solíamos creer y eso era suficiente para pasar las tardes debajo de los juegos oxidados para niños. Ahí la realidad no tenía espacio porque creamos nuestra propia realidad sustentable entre lo que sea nos hiciera feliz. Las tardes de lluvia y sol, las paletas heladas en el mercado, la reta de la tarde, quedarnos echados sobre las resbaladillas y acaparar el único columpio. Vivir, reír y pelearnos de vez en cuando. De pronto todo cambió para mí, todo cambió para ti. La amistad puesta en entre dicho. El coraje de perderte, la despedida absurda y sin sentido. A la tarde siguiente continuamos el ritual después de clases que practicábamos fielmente por felicidad. Había un adiós de por medio y un montón de promesas para olvidar. El pasado de otros nos alcanzó con la vida recién comenzada y pagamos por los errores de otros. Queda...

Claro de luna

Todavía está el piano de la vieja sala de música. Aquel donde aprendí a tocar para ti, para tu dulce sonrisa colmada de melancolía, para que sólo pensaras en mí. Quién sabe en que pasados te adentrabas, qué demonios liberaba. Yo sólo tocaba para ti y tu profunda desdicha. A veces, entre algún piano y yo, me siento a recordarte con mis dedos. Quién lo diría, ahora soy yo quien desato diablos y me adentro en pasados tocando Claro de Luna.