Colegio de Ciencias y ¿Humanidades?
(2025) PRIMER PARCIAL: DE REGRESO A LAS AULAS
Es bien sabido que la UNAM está en crisis. Los actos violentos que se han suscitado estos últimos días, además de las constantes amenazas a distintos planteles, han puesto en el ojo del huracán a la máxima casa de estudios en México (de nuevo). La opinión pública puede hablar lo que quiera al respecto, pero sólo son impresiones y datos de un supuesto acto periodístico lo que llega a oídos de todos. Es más parecido a un eco que se desvanece a penas otro estruendo nos conmociona.
Pero qué tal si les dijera que, a mis 36[1] años, estoy viviendo en carne propia el caos que se está viviendo en los planteles. No, no soy maestra o empleada de la institución sino estudiante.
Comencemos por plantear la situación tal cual está hasta este momento. Soy egresada de la Vocacional 10 y, eventualmente, el plan era irme a Zacatenco para continuar mi formación como ingeniera. El problema era que yo no quería estudiar ingeniería: prefería la Arquitectura o las artes. Pero, entre la edad en la que no sabemos qué hacer ni qué queremos, mi padre diciéndome que la ingeniería era la mejor opción, mis inquietudes artísticas y, claramente, mis problemas mentales (los cuales aún no sabía bien que tenía), decidí declinar después de un año para irme a estudiar Literatura.
Fue entonces que por ahí del 2012 entré a la Universidad del Claustro de Sor Juana...
—Oye, ¿pero por qué no la UNAM, en la facultad de Filosofía y Letras? —
Digamos que mi desempeño académico durante la Vocacional no fue del todo satisfactorio, por lo que sólo me quedaban tres caminos posibles:
1- continuar en una carrera que no me gustaba.
2- dejar de estudiar.
3- estudiar lo que yo quería.
Para muchos idealistas, estudiar lo que uno quiere es la mejor opción, pero cuando ese deseo tiene de por medio el arte y las humanidades ya no resulta una opción que otros aconsejen. Pues bien, yo lo intenté, pese a los amables comentarios de “te vas a morir de hambre” o “y de qué vas a trabajar estudiando eso”. Hice el examen a la UNAM, pero el promedio escueto de la vocacional era mi marca de Caín, por lo que, aun pasando el examen no pude inscribirme.
Intenté otras opciones más radicales como estudiar en la UABC (Universidad Autónoma de Baja California), en Tijuana, pero mi madre, vislumbrando el futuro, mezclado con mi comportamiento caótico, entendió que no sobreviviría al ambiente de excesos y caos de la frontera. Así que muy amablemente, accedió a pagarme mi carrera universitaria en el Claustro.
Mi paso por la universidad es un momento en mi vida que atesoro, pero no estamos aquí para hablar de eso, sino de cómo me convertí en estudiante del CCH Vallejo a mis 36 años. Pues bien, después de 5 años de haber terminado la carrera, la cosquillita de Arquitectura aún seguía en mi cabeza.
Después de una carrera en una escuela privada ni a mi madre ni a mí nos quedaron ganas de otra colegiatura, así que busqué opciones en la educación pública para llevar a cabo ese proyecto. Final rápido: fracasé en todo. Como dije anteriormente, mi promedio de vocacional no desaparecería mágicamente sólo porque había cursado una carrera y seguía siendo indispensable un promedio de 7 mínimo para poder entrar a la UNAM[2].
Claro que el IPN era otra opción bastante asequible, pero ¿saben hasta dónde está la escuela de arquitectura? hasta Tecamachalco... Así es: si quieres estudiar Arquitectura en el Poli hay que trasladarse hasta el Estado de México y definitivamente no tengo el dinero para dedicarme al estudio al 100% o pasar más de 4 horas en el tráfico o en el transporte público, por lo que la lejanía descartaba esa opción.
Por otra parte, CU o la FES Aragón no me parecían tan lejos de las zonas donde normalmente me muevo o trabajo. Eran claramente el paso a seguir. Pero ¿cómo entrar? La única alternativa que encontré fue revalidar mis estudios de preparatoria y así lograr el promedio que necesitaba. Tampoco funcionó. Resulta que, en México, las opciones viables para eso son: el examen de acreditación de estudios de prepa, pero sólo aplica para personas que no cursaron la preparatoria; la prepa abierta, aunque con ella perdería mi título de técnica de la vocacional; y la prepa abierta de la UNAM, pero es únicamente para mexicanos residentes en el extranjero.
Como no estaba dispuesta a irme a vivir al país vecino y definitivamente no iba a deshacerme de mi título como Técnico en Telecomunicaciones (el cual me ha ayudado a sobrevivir en el mundo laboral), la única opción que me quedó fue la de regresar a la prepa, pero ahora en el CCH. ¿Era posible eso? Pues lo intenté y… ¡Lo logré! Estudié para el examen, llevé todo el procedimiento de inscripción y, de repente, un primero de septiembre de 2025, ya me encontraba inscrita para iniciar clases.
Guardé el secreto para todos. No quise escuchar las opiniones innecesarias sobre lo "inútil” o “la pérdida de tiempo” que era volver a cursar la preparatoria. Fue hasta que ya estaba inscrita que lo conté a algunas amistades e incluso a mi familia. Mi pareja me apoyó en todo momento y guardó el secreto conmigo hasta que estuve lista para platicarlo a otros. Todo sonaba a una locura, a la opción menos factible de todas, pero, querido lector, de verdad lo intenté todo y cada uno de mis intentos fracasó… menos éste.
Claro, hay ciertas restricciones que nadie me dijo, pero que claramente estaban marcadas en piedra para mí: no puedo beber con ellos ni facilitarles ninguna droga legal o ilegal; cualquier trabajo en equipo debo hacerlo dentro de la institución y nunca en alguna de sus casas o en la mía; el mínimo contacto físico y afectivo hacia ellos y, por supuesto, evitar a toda costa el afecto romántico. Ya que ponemos las cartas sobre la mesa, pareciera que me estoy metiendo en un lío bastante gordo, pero, además de eso… ¿qué tan difícil podía ser cursar de nuevo la preparatoria?
[1]
A mis compañeros de clase tuve que
decirles que tengo 26 años para que la brecha de edad no fuera tan alarmante.
Hay padres de familia que no verían con buenos ojos que un adulto de más de 30
años estuviera conviviendo con adolescentes de 15 años. No estoy segura qué tan
legal o correctamente político sea, pero la UNAM me dio la oportunidad de
estudiar en estas condiciones.
[2] Sí, existe la opción de “segunda carrera”
pero sólo es válida si la primera carrera la estudié en la UNAM y debe ser
compatible con la primera carrera, así que tampoco era una opción.

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